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Demasiado humano

El último remolino

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Resulta difícil imaginar a Richard Wagner temblando ante un papel pautado en blanco. La fama, ese conjunto de malentendidos que decía Rilke, nos lo ha entregado envuelto en esa bruma de desarbolante seguridad con que parece surgir su música, brillante e incólume a cualquier caída de tensión, lo que siempre le granjeó furibundas enemistades y amantes fervorosos a partes iguales. Uno de aquellos admiradores fue Friedrich Nietzsche, que encontró en él un alma gemela, el adalid de una nueva cultura para un hombre nuevo, para ese übermensch que mientras crece se va haciendo niño en Así habló Zaratustra.

El filósofo tenía depositadas unas enormes esperanzas en esa gesamkunstwerk, la nueva obra de arte total que había alumbrado su amigo. Atrás quedaban los largos paseos y las conversaciones encendidas en la villa suiza de Tribschen, muy cerca de Lucerna, sobre la renovación del arte como algo inherente al hombre…

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